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El desenvolvimiento secular de las actividades penitenciales y la adecuación de los ritos a través de los años generó unas costumbres que, por seguirse tradicionalmente de forma inalterada generó una serie de rutinas y hábitos algunos muy curiosos. De ello nos ocuparemos a continuación.

La insignia de la Cofradía es la Cruz verde denominada de “Caravaca”, cubierta con una sabanilla de sudario. En la actualidad se lleva en andas, pero no hace muchos años era obligación el ser portada por el invitado más joven, para ello se la dotó de un gancho que encaja en el cinturón, y dos asas para equilibrarla.

El pendón, también de color verde, siempre lo levantaba el mayordomo más joven. El Viernes Santo va enrollado en su vara, en señal de duelo, mientras que en el resto de los días ondea al viento.
Santo Cristo
El muñidor, entre otras obligaciones debía portar la imagen del Santo Cristo, cubierta con una faldilla de damasco negro en los entierros de los hermanos, siendo alumbrado por dos mayordomos.

Esta costumbre se ha perdido.
Virgen de la Soledad La Vísperas de Semana Santa, la muñidora, y las mujeres de los mayordomos debían acudir a la ermita de Jesús, capilla donde se halla habitualmente la imagen, para vestir la Soledad.

Se trataba de sustituir los mantos ordinarios de la imagen, por otros de gala, bordados, para que lucieran en las procesiones. Ellas con toda delicadeza y cuidado realizaban su tarea. Tenían como sencilla compensación, el privilegio de ir junto a la Virgen en las procesiones.

La tradición mandaba que la mañana del Viernes Santo la vestían de luto con un atuendo de tul bordado en negro, que según la opinión tradicional, se realizó con el vestido de boda de una dama ignorada de la familia Azagra.
Durante mucho años se encargaron fundamentalmente tres personas: María Millán, Felipa Jiménez y Lucía de la Fuente, aunque ayudadas por más hermanas. En premio a su dedicación la Cofradía tuvo la deferencia de nombrarlas como “Camareras de Honor” de la Virgen en 1.999, y les hizo entrega de la correspondiente placa acreditativa.

Un detalle curioso, que despierta la atención de los que lo presencian por primera vez, es la entrada en orden inverso. Esto supone que la Cofradía cuando va en formación, van sus miembros en paralelo, y atrás, en último lugar, al centro el Sr. Alcalde, máximo representante de la organización. Pues bien, al llegar a una iglesia o a otro lugar, los hermanos se detienen en dos filas, flanqueando la puerta y haciendo pasillo, penetrando en primer lugar el Alcalde, Secretario, Diputados, etc, por el orden inverso al que se venía formado, de manera que los que encabezan el desfile pasan los últimos.

Prácticas reseñables en estos tiempos por su rareza, es la rigurosidad en los comportamientos y actitudes de los hermanos, sometidos a la jerarquía del Sr. Alcalde. El proceder debía ser siempre inflexible, y severo, lo cual encajaba muy bien (sobre todo en los años posteriores a 1.939), con el régimen del General Franco. Contra los que no cumplían con esa conducta intachable, estaban determinadas unas multas, bien pecuniarias, bien en cera, que, aunque de escasa cuantía, suponían un deshonor, y de ahí sirviese a todos de acicate para cumplir a rajatabla el ceremonial con seriedad y respeto.

Entre las faltas punibles destacamos las de puntualidad, uniformidad, inasistencia (si no se podía acudir debía ponerse un sustituto), volver la cabeza, charlar o sonreír en los desfiles, dormirse cruzar los pies en la iglesia, cubrirse ó descubrirse antes de que lo ordene el Alcalde, colocar mal la cinta de los sombreros (siempre al lado izquierdo), etc. Si alguno denunciaba a otro por algún descuido de los citados era también punido, ya que solamente podían acusar los Regidores. El Alcalde podía también ser sancionado si cometía algún desliz, como apoyar la vara de mando en el suelo. Los invitados estaban dispensados de multas, por su inexperiencia durante el primer año, a no ser que se demostrase en sus maneras mala fe, propósito o negligencia grave.

En la actualidad se han perdido estas prácticas disciplinarias tan férreas. Pero no dejan de llamar la atención por su circunspección, y severidad. Ello hace que podamos acercarnos a las mentalidades de otras épocas, para conocer y comprender los modos de pensar y asimilar el hecho religioso, también desde una perspectiva sociológica.

Especial relevancia tuvo siempre la fiesta de la Cofradía, o de la Cruz de Mayo, el día tres del citado mes.

Se buscaba buen predicador para pronunciar la homilía, y se encargaba una misa solemne en la parroquia que era presidida por la Cruz de Caravaca, adornada con flores y luces.

Al concluir la Eucaristía se pasaba a la sacristía donde tenía lugar la reunión de la Junta de Gobierno.
Cruz de Mayo
Tras las oportunas deliberaciones y concluida la sesión se regresaba al templo se rezaba un responso por los fallecidos y por último finalizaba la ceremonia cuando se arrodillaban en las gradas del altar el Alcalde saliente y el entrante.

Aquel entregaba la vara de mando al sacerdote que la transmitía al actual, y de esta forma tan sencilla quedaba nombrado y posesionado. Después se celebraba todo con una cena o comida de hermandad.
 
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San Miguel, sede de la cofradía de la Vera Cruz
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